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El Holocausto y la colección de documentos de debate de las Naciones Unidas

Documento de debate #7

A la sombra del Holocausto
por Francis Deng
Asesor Especial del Secretario General de las Naciones Unidas para la Prevención del Genocidio.

1. Introducción a los conflictos genocidas

El genocidio es la peor manifestación de la brutalidad humana contra el prójimo ser humano. Y el Holocausto ha llegado a ser la manifestación más horrenda de esa brutalidad. Varias razones justifican su singularidad en los anales del genocidio.

En primer lugar, está vinculado a una historia muy arraigada de prejuicios contra los judíos, alimentada por la creencia, que hasta hace muy poco prevalecía en el mundo cristiano, de que ellos están malditos por haber causado la crucifixión y la muerte de Jesucristo. La muerte injusta de un hombre que había llegado para reformar los valores y las prácticas religiosas y morales de su propio pueblo se convirtió paradójicamente en la razón fundamental para la condena y la persecución indiscriminada de su pueblo durante casi 2.000 años.

La segunda razón por la que el Holocausto destaca como el caso más grave de genocidio fue la escala a la que se llevó a cabo, que condujo al exterminio de entre 5 y 6 millones de hombres, mujeres y niños inocentes.

La tercera razón por la que el Holocausto ocupa un lugar singular en la historia del genocidio es que al final llegó a estar vinculado con la guerra más destructiva que el mundo ha padecido.

Estas razones justifican la protesta clamorosa de "Nunca más", que trágicamente se ha repetido una y otra vez. Sin embargo, los repetidos genocidios se han burlado del "Nunca más".

El mundo dijo "Nunca más" tras el genocidio camboyano de los años setenta, otra vez después del genocidio de Rwanda en 1994 y de nuevo tras la masacre de Srebrenica en Bosnia. Ahora el mundo está siendo testigo de una situación trágica en la región de Darfur en el Sudán, que algunos han llamado genocidio y otros le han puesto etiquetas alternativas que irónicamente no se consideran menos atroces que el genocidio.

En este breve artículo de debate, quiero presentar algunas ideas. En primer lugar, defiendo que, aunque el Holocausto posee características singulares, el genocidio es una tragedia humana común que ha sucedido demasiadas veces en el pasado y, si sus causas fundamentales no se comprenden bien ni se afrontan de un modo exhaustivo, es casi seguro que sucederá de nuevo en el futuro.

En segundo lugar, me preocupa el énfasis excesivo de las limitadas etiquetas legalistas relativas a la definición que sólo generan controversia, eluden el diálogo constructivo y socavan la respuesta eficaz.

En tercer lugar, defiendo que existe un posible Hitler en todas las situaciones humanas y que, a menos que hagamos frente a lo que produce un Hitler, no podremos erradicarlo de nuestro interior.

En cuarto y último lugar, veo que el conflicto genocida de identidades de suma cero debe su origen a percepciones defectuosas de identidades que distorsionan los elementos comunes y es necesario reconsiderarlas y reestructurarlas para forjar un terreno común de inclusividad y aceptación mutua de las diferencias.

2. El Holocausto como versión extrema de aflicción universal

Mi primera idea es obvia y no es necesario detallarla. Si las referencias a Camboya, Rwanda, Srebrenica y las numerosas tragedias que proliferan en la actualidad no son suficientes para expresar lo que quiero decir, los casos que el Profesor Ben Kiernan menciona en su artículo, que cita la admiración de Hitler por modelos históricos de genocidio, podrían añadir raíces históricas más profundas. De acuerdo con Kiernan, Hitler elogiaba a Armenio [Hermann] por aniquilar a las antiguas legiones romanas, y a Carlomagno, el "agresivo" monarca medieval, "como uno de los hombres más importantes de la historia universal". Hitler también admiraba el genocidio cometido por Roma contra Cartago y los espartanos, a quienes él consideraba un modelo de cómo un Estado debería "limitar la cantidad de personas a las que se les permite vivir".

3. La Convención sobre el Genocidio y los límites del legalismo

Mi segundo argumento se basa en la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948, que define el genocidio como "cualquiera de los actos (...) perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso" e incluye entre estos actos "la matanza de miembros del grupo; las lesiones graves a la integridad física o mental de los miembros del grupo; el sometimiento intencional del grupo a condiciones de vida que hayan de acarrear su destrucción física total o parcial; la imposición de medidas destinadas a impedir los nacimientos dentro del grupo; y el traslado por la fuerza de niños del grupo a otro grupo". Se puede decir que estos actos son lo bastante amplios para abarcar muchas atrocidades relacionadas con los conflictos internos que han proliferado en todo el mundo desde que acabó la guerra fría. Probablemente esto explica la frecuencia con la que se alega genocidio. Y sin embargo, la determinación jurídica de genocidio ha demostrado ser mucho más problemática de lo que expresa su uso informal.

Se ha producido un intenso debate sobre la Convención para la Prevención del Genocidio centrado en determinadas categorías y la exclusión de otras, como los grupos políticos e ideológicos, para la protección. Este asunto sigue siendo polémico, pese a los intentos de interpretar de forma creativa la Convención, que invocan anteriores normas internacionales, la resolución de la Asamblea General que impulsó el proceso de preparación de la Convención y con ello los debates de varios foros, a fin de ampliar el alcance.

La gravedad de esta omisión se hace evidente una vez que se cae en la cuenta de que la mayoría de los casos de genocidio, si no todos, conllevan algún aspecto de conflicto político e ideológico, independientemente de la composición de las identidades de los grupos específicos en conflicto. Aunque otros instrumentos internacionales ya prohíben las masacres por motivos políticos, no proteger a los grupos políticos y sociales constituye lo que se ha llamado el "punto débil" de la Convención para la Prevención del Genocidio.

La mens rea o intención dolosa es otra esfera en la que la Convención ha sido objeto de intenso debate. Es especialmente difícil, de hecho casi imposible, demostrar la intención de cometer actos de genocidio cuando se hallan implicadas numerosas víctimas que pertenecen a un grupo y victimarios. Algunos académicos han defendido que se elimine la intencionalidad de la definición de genocidio, puesto que es cada vez más difícil encontrar responsabilidad, dadas las fuerzas anónimas y estructurales en juego. Aunque no descartan la importancia de las personas, estos académicos consideran más productivo examinar las estructuras sociales que tienden a generar o prevenir el genocidio.

Con estos criterios problemáticos, el genocidio normalmente se demuestra cuando el crimen ya se ha cometido y está bien documentado. Aunque la prevención es importante en el título de la Convención, la adopción de medidas preventivas se ve limitada por la dificultad de demostrar la intención y la ausencia de claros mecanismos coercitivos. Desde luego, forma parte de la naturaleza de la prevención que ésta no sea fácilmente verificable. El éxito básicamente radica en que tanto la prevención del delito como el método de prevenirlo sean invisibles. La experiencia contemporánea indica que, incluso cuando se dispone de suficientes pruebas que revelan que se puede estar gestando un genocidio, el historial de actividades para detenerlo es penosamente escaso. De hecho, ésa fue la experiencia de Rwanda cuando los observadores de derechos humanos habían avisado al mundo de que se iba a producir un genocidio.

La tragedia rwandesa plantea una serie de preguntas de las que se puede aprender. A pesar de la campaña mediante programas de radio de incitación al odio y declaraciones públicas que pedían la eliminación de la demonizada población tutsi, persisten las siguientes preguntas: ¿Quiénes fueron en realidad los autores materiales? ¿Quienes mataron tenían la intención de eliminar al grupo en su totalidad o en parte? ¿Y qué pasa con los gobernantes y oficiales que ordenaron o aprobaron los asesinatos, tenían la intención de eliminar a la comunidad de los tutsis o castigarlos o forzarlos a seguir una dirección política concreta? ¿A quién se puede responsabilizar entonces del delito de genocidio y de quién se puede demostrar su culpabilidad más allá de toda duda razonable, la prueba habitual en responsabilidad penal?

Cuando visité Rwanda poco después del genocidio como Representante del Secretario General de las Naciones Unidas sobre los desplazados internos, tuve ocasión de debatir el tema con abogados internacionales que estaban llevando a cabo una investigación preliminar sobre la responsabilidad del genocidio. Me parecía evidente que habría una discrepancia importante entre aquellas personas que deben de haber cometido actos de genocidio y aquellas personas a las que se declararía responsables. Mi preocupación, que también compartían los investigadores, era que se tenía mucha fe en procesar y castigar a los responsables del genocidio de casi 1 millón de miembros del grupo étnico tutsi y los hutus moderados relacionados con ellos. El resultado de la investigación, las acusaciones, los juicios y las condenas casi seguro que sería decepcionante para el grupo étnico tutsi, que esperaba que se hiciera justicia. Al final, el Tribunal Penal Internacional para Rwanda encarceló simbólicamente a unas pocas personas responsables de un genocidio en el que habían participado miles de autores. Desde el principio, se temía que el posible resultado de esta decepción pudiera ser que los tutsis se tomaran la justicia por su mano y se vengaran atrozmente de los hutus.

Aunque la justicia internacional a través del Tribunal Penal Internacional ha sido equiparable a la de los juicios del sistema nacional de justicia y de los tradicionales juicios gacaca, la reacción general del gobierno dominado por los tutsis se ha calificado de vengativa, ya sea en relación con la masacre de poblaciones civiles o con la cantidad de detenidos que se pudrían en prisiones masificadas sin juicios.

Una de las críticas contra la Convención para la Prevención del genocidio es la ausencia de un mecanismo coercitivo internacional por medio de un tribunal penal que castigue a los autores.

El problema se complica por el hecho de que el Estado, que en la mayoría de los casos ha cometido o consentido el genocidio, es quien tiene la responsabilidad de procesar, lo que hace casi imposible lograr que se cumpla la Convención. A pesar de la creencia generalizada de que la determinación de genocidio impone la obligación de adoptar medidas según lo establecido en el artículo 8, donde se dice que cualquier Estado parte en la Convención "puede recurrir a los órganos competentes de las Naciones Unidas a fin de que éstos tomen, conforme a la Carta [...] las medidas que juzguen apropiadas para la prevención y la represión de actos de genocidio", esto no garantiza que se tomen dichas medidas. La situación ahora se ha remediado un poco gracias a la creación de Tribunales Especiales y a la Corte Penal Internacional, pero el principio de proceso penal subsidiario otorga al Estado jurisdicción previa y, en muchos casos, sin la cooperación del Estado, la aplicación de la Convención por parte de la Corte Penal Internacional no es práctica cuando los acusados están protegidos por sus gobiernos.

Debido a estas dificultades prácticas y teóricas, este artículo adopta una perspectiva preventiva más amplia respecto a la cuestión del genocidio. En lugar de examinarla desde la perspectiva legalista de la responsabilidad penal individualizada con intención concreta, plantea el genocidio desde la perspectiva de conflictos de identidad que tienden a ser de suma cero y, por lo tanto, inherentemente genocidas, y defiende la creación de un marco normativo para resolver la crisis de identidad que subyace en estos conflictos. Empieza a reconocerse ampliamente que los debates sobre lo que constituye un genocidio restan importancia a las causas, las consecuencias y la respuesta necesaria a las atrocidades. Cabe señalar que no importa lo que constituya "genocidio", puesto que es el aspecto más extremo de violencia o conflictos de identidad mucho mayores.

4. La negación y la búsqueda de un chivo expiatorio

Mi última observación se refiere al hecho de negar lo sucedido y echar toda la culpa a un malhechor, "un Hitler", usándolo como chivo expiatorio para una responsabilidad que corresponde a más personas. Cuando visité Alemania por primera vez en 1961, lo que más me impactó fue la medida en que todo el mundo negaba a Hitler. Hay quienes defendían que él no era alemán sino austríaco. Se le veía como una singular encarnación del mal, gracias a Dios que ya no existía y la nación se libró de ese mal.

Intenté defender que era peligroso negar a Hitler por completo, en lugar de intentar comprender lo que produjo un Hitler. En varias ocasiones, personas que habían oído por casualidad la discusión se me acercaban luego confidencialmente para expresar su apoyo a mi teoría. Una persona incluso me dio a entender que, como joven estudiante que era miembro de las juventudes del partido, él pensaba que Hitler era lo mejor que le había pasado a Alemania.

Soy consciente de que esta teoría puede malinterpretarse como justificación de los males de la Alemania nazi, pero mi idea principal es que, sin entender las causas fundamentales del surgimiento de un Hitler, ese mal dentro de nosotros no puede erradicarse para impedir que vuelva a suceder.

5. Mito y realidad en la identificación secesionista

En la medida en que el genocidio victimiza a grupos nacionales, étnicos, raciales o religiosos, tiene la naturaleza de conflicto de identidades de suma cero. Los elementos básicos de los conflictos de identidades son la exclusiva identificación de uno mismo y de los demás, y la imposición de una identidad para proporcionar un marco común, que llega a ser inherentemente discriminatorio. A menudo, las diferencias entre las identidades implicadas no son tan claramente acusadas como se supone. Pude ver en la ex Yugoslavia, en Burundi, en Rwanda y en Darfur que no era tan sencillo distinguir las identidades que estaban en conflicto. En Burundi, me dirigiría a audiencias en las que veía a algunas personas que parecían tutsis, según el aspecto que se nos ha dicho que tienen, y algunas que parecían hutus, con muchas personas entre medias que no podía identificar. Cuando más tarde pregunté al Ministro de Relaciones Exteriores si se podía diferenciar siempre a un tutsi de un hutu, su respuesta fue: "Sí, pero con un 35% de margen de error". Dados los elementos comunes entre muchas de estas comunidades, odiar a miembros de otros grupos inevitablemente implica un componente de odio hacia uno mismo.

Cabe destacar que lo que provoca el conflicto no son las meras diferencias, sino las implicaciones de las diferencias para la configuración y el uso compartido del poder, los recursos materiales, los servicios sociales y las oportunidades de desarrollo. El respeto por las diferencias y la creación de un marco de igualdad y dignidad para todos representa la mejor forma de asegurar la coexistencia pacífica entre los distintos grupos. Normalmente, hay dos recuerdos históricos entre las comunidades implicadas. Uno pone de relieve una historia de coexistencia pacífica y cooperación, donde los miembros de las comunidades se casaban entre sí y compartían sus acontecimientos de felicidad y tristeza. El otro consiste en animadversiones con profundas causas históricas.

Estos recuerdos contradictorios no son sorprendentes. Cuando las personas viven unas junto a otras, inevitablemente entran en conflicto, pero, del mismo modo, desarrollan formas convencionales de manejar sus diferencias. Durante los momentos de conflicto, surgen recuerdos secesionistas, mientras que los momentos de relaciones pacíficas desarrollan recuerdos positivos. Pero lo más destructivo es el papel divisivo de empresarios políticos egoístas que se aprovechan de manipular las lealtades de los grupos para desarrollar solidaridad para sus malvados objetivos. La prevención requiere que se comprueben las intrigas de estas personas antes de que hayan dejado huella en la situación.

Observaciones finales

Para finalizar, aunque el intento de la Alemania nazi de exterminar a los judíos en el país y en otras partes de Europa sigue siendo el caso más extremo de genocidio, es singular sólo en su alcance y quizás en los métodos tecnológicos empleados. De lo contrario, dado el predominio de conflictos genocidas que tienen profundas causas históricas y llegan hasta la actualidad, la aflicción es mundial.

Invertir en insultos, aunque es un requisito jurídico, a menudo resulta vano y necesita complementarse con medidas preventivas más prácticas. La negación y la búsqueda de un chivo expiatorio esconden las causas reales y comparte la responsabilidad de crímenes atroces. Es necesario hacer frente a identidades distorsionadas que se manipulan y se convierten en conflictos genocidas a fin de forjar puntos comunes, una humanidad compartida y la dignidad de todos los seres humanos, cualquiera que sea su identidad nacional, étnica, racial, religiosa o ideológica. Aunque transformar actitudes sobre la identificación de uno mismo y los elementos comunes representa un proyecto a largo plazo, reestructurar el marco de identidad nacional para erradicar la discriminación y asegurar el disfrute de todos los derechos de ciudadanía es constitucionalmente viable con efecto inmediato. Es la parte más importante de la "soberanía como responsabilidad" o la "responsabilidad de cada Estado de proteger a su población del genocidio, los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad", con la rendición de cuentas a todos los niveles, nacional, regional e internacional.

Temas de debate

1. ¿Es el Holocausto único en la historia del genocidio y, si es así, por qué?

2. ¿Cuáles son las limitaciones de la Convención para la Prevención del Genocidio de 1948 y cómo pueden remediarse?

3. ¿Fue Hitler el único responsable del Holocausto o la responsabilidad estaba más generalizada y cómo puede explicarse que surgiera este horror?

4. ¿En qué medida las diferencias en los conflictos de identidades de suma cero reflejan las realidades o son artificiales y falsos?

5. ¿Cuáles son algunas de las formas prácticas en las que los conflictos de identidades genocidas se pueden prevenir, tratar o resolver?

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3 La resolución 57/228 A de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 18 de diciembre de 2002 menciona que la Asamblea está "Deseando que la comunidad internacional siga respondiendo positivamente en la tarea de ayudar a investigar la trágica historia de Camboya, incluida la responsabilidad por los crímenes internacionales, como los actos de genocidio y los crímenes de lesa humanidad, cometidos durante el régimen de Kampuchea Democrática".
4 "Hitler, Pol Pot y el poder hutu: Temas característicos de la ideología del genocidio" por el Profesor Ben Kiernan forma parte de la serie de documentos de debate del Programa de divulgación sobre el Holocausto y las Naciones Unidas.
5 Los juicios gacaca: Un sistema de justicia participativo y tradicional basado en la comunidad local donde las víctimas y los autores comparten sus historias. El Gobierno de Rwanda comenzó estos juicios en 2001 a fin de resolver el gran número de casos.

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La serie de documentos de debate brinda un foro en el que académicos especializados en el holocausto y la prevención del genocidio generan temas de debate y estudio sobre estas cuestiones. Se les solicitó a estos autores, que provienen de una variedad de culturas y formaciones, elaborar documentos de debate basados en sus propias perspectivas y experiencias en particular. Los puntos de vista expresados por estos autores no necesariamente reflejan la posición de las Naciones Unidas respecto de estos temas.

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