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El Holocausto y la colección de documentos de debate de las Naciones Unidas

Observaciones presentadas en la Ceremonia de conmemoración del Holocausto patrocinada por las Naciones Unidas, 27 de enero de 2014

Por Steven Spielberg Disponible en inglés

Muchas gracias.

Sr. Secretario General Adjunto, Excelencias, Supervivientes del Holocausto, damas y caballeros: Tengo el honor de dirigirme a Uds. en ocasión del Día Internacional de Conmemoración del Holocausto patrocinado por las Naciones Unidas.

Estoy agradecido al Programa de Divulgación de las Naciones Unidas sobre el Holocausto por haberme invitado a decir unas palabras sobre el tema de este año, “Viajes a través del Holocausto”, y por los cuatro años de asociación con la Fundación Shoah de la Universidad del Sur de California. La presencia en el día de hoy de Rena Finder y de otros supervivientes del Holocausto y el genocidio tiene un significado especial para mí. Quisiera dedicar mis palabras a ellos.

Las Naciones Unidas son una de las instituciones más importantes creadas por la Humanidad, no sólo por nuestra esperanza compartida de que logrará cumplir lo proclamado en su Carta, sino porque son un lugar donde los representantes de todos los pueblos del mundo pueden escuchar a testigos relatar sus vivencias, y tras escucharlos, se formulan políticas. Se trata de un lugar donde el testimonio sirve de base a la acción.

Cuando comencé a pensar qué diría sobre el tema de este año, “Viajes a través del Holocausto”, me asaltaron dos interrogantes. La primera era si podría hablar con propiedad pese a no ser superviviente del Holocausto. Soy un hombre judío-americano, nacido un año después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Mi primer conocimiento consciente de lo ocurrido a los judíos de Europa bajo el fascismo emanó de los testimonios horrendos de boca de mis abuelos sobre la suerte que corrieron familiares y amigos.

A la edad de tres o cuatro años recuerdo estar sentado al lado de mi abuela mientras ella daba clases de inglés a supervivientes húngaros. Ellos me mostraban los tatuajes de los campos de concentración que llevaban en sus brazos – según cuentan, fue ahí donde empecé a aprender a leer los números.

Al igual que muchos niños judíos, desde pequeño me tropecé con versiones de antisemitismo, y examiné esos encuentros a la luz de la historia que había aprendido de los pogromos y los campos de la muerte.

El antisemitismo llevó a la construcción de Auschwitz, y si bien presentía cierto vínculo entre las expresiones despectivas y el genocidio, me preguntaba cómo era posible que la versión americana de antisemitismo que había experimentado hubiese resultado infinitamente menos destructiva.

El empeño en responder a esa interrogante dio forma a mis concepciones políticas, al igual que el haber aprendido que, además de los seis millones de vidas que se perdieron durante el Holocausto y el genocidio de los romaníes, la persecución nazi se cobró víctimas entre muchos otros grupos, como los homosexuales, los discapacitados y los disidentes políticos, vulnerables todos al prejuicio y la opresión y a la maquinaria nazi de la muerte.

Me hice cineasta porque para mí era importante poder comunicar mis inquietudes y preocupaciones a mi público, y al convertirme en padre, a mis hijos. Me pasé aproximadamente veinte años dirigiendo a tiburones, extraterrestres y dinosaurios hasta que creí que había llegado el momento para mí de hacer una película sobre el Holocausto. Pero tan pronto empecé a dirigir La Lista de Schindler, me percaté de que no me sentía en absoluto en condiciones de realizar esa tarea.

Durante la filmación los supervivientes del Holocausto me contaban sus historias. Muchos decían, “Por favor, después de la historia de Oskar Schindler, cuente la mía”. No es que me estuvieran pidiendo que hiciera un filme sobre ellos, sino que me pedían que ayudara a asegurar que se dejara constancia indeleble de lo que les había tocado vivir a ellos, a sus seres queridos, a sus ciudades, a toda su cultura y a su civilización. Creí que, si se les diera la oportunidad, podrían convertirse en los maestros del mundo. Sólo teníamos que proporcionarles la plataforma.

Construimos esa plataforma cuando iniciamos la Fundación Shoah en 1994. En los cuatro primeros años viajamos por todo el mundo, realizando aproximadamente 250 entrevistas por semana con supervivientes del Holocausto. El viaje de Rena Finder ha quedado recogido en su testimonio para la Fundación Shoah, junto con los viajes de otros 51.413 supervivientes, que viven en 56 y hablan en 32 idiomas.

Dirigiendo La Lista de Schindler, entrevistando a supervivientes: así fue como traté de entender el Holocausto. La única forma que supe cómo enfocar un fenómeno tan espantosamente horroroso fue descomponiéndolo en hechos particulares. Los que lo sobrevivieron saben lo que nosotros jamás lograremos saber; pero sí podemos aprender, ellos nos quieren enseñar. Los supervivientes y testigos nos dicen a menudo que su esperanza más cara, la esperanza que les ayuda a mantenerse con vida, es que se los escuche, que se los crea y que se los comprenda. Así que, aunque no tenga un viaje personal a través del Holocausto que contar, ofrezco mi viaje a los viajes de los supervivientes. Mi viaje por el Holocausto, y el de todo el que no sea superviviente, es un viaje hacia la comprensión.

Mi segunda interrogante en cuanto a nuestro tema, “Viajes a través del Holocausto”, tiene que ver con la preposición “a través de”. Esa frase me llamó a la reflexión. En este contexto me parece una frase tremendamente optimista, pues da a entender que es posible, y sigue siendo posible, entrar al Holocausto y después salir de él; que para quienes lo experimentaron, y para el mundo donde ocurrió, hubo un principio y un final. Por supuesto, hubo ambas cosas, desde el punto de vista histórico. Hubo una pequeña minoría de personas que sí sobrevivieron los campos y después vivieron largas y productivas vidas, vidas extraordinarias en cuyo transcurso muchos pensaron que habían logrado triunfar decisivamente sobre el mal que trató, sin éxito, de devorarlos. Los supervivientes del horror suelen expresar un optimismo inquebrantable, sin fisuras. No hay nada que sepa de los seres humanos que sea más maravilloso y bello que esa capacidad de transformar la ira y el dolor en fuente de sabiduría, progreso y justicia.

Al propio tiempo, la poderosa determinación de los supervivientes de contribuir a un futuro sin genocidios no es consecuencia de relegar el Holocausto al pasado, de escapar a la historia. La insistente demanda es que nos comprometamos plenamente con la historia, que el Holocausto permanezca con nosotros, en la memoria. Los suyos fueron viajes al interior del Holocausto. No pueden salir de él. Y tampoco podrá el mundo, hasta que no haya más genocidios, hasta que lo impensable se convierta en imposible. Trágicamente, todos somos conscientes de que el Holocausto está presente hoy entre nosotros, en los intentos incesantes de genocidio en todo el planeta.

En respuesta a esa realidad, ampliamos la colección de la Fundación Shoah para incluir testimonios de genocidio en Armenia, Camboya, Rwanda y la Matanza de Nanjing, y con el tiempo incluiremos testimonios de Srebrenitsa y el Sudán.

Fui informado recientemente por el personal de la Fundación de que supervivientes del genocidio en Rwanda habían pedido ver los testimonios de los supervivientes del Holocausto porque deseaban aprender cómo las personas lograron reconstruir sus vidas después de enfrentar la muerte y perder a seres queridos. Las víctimas del genocidio del pasado son ahora maestros de las víctimas del genocidio reciente. Cuando escuché esto por primera vez, me sentí profundamente conmovido, y me alegré de que nuestra labor de recopilación de recuerdos de la Shoah ayudara de esta manera inesperada. Pero también sentí una terrible tristeza.

¿Por qué han caído víctimas del asesinato en masa generaciones sucesivas después del Holocausto? Si el genocidio es hoy tan imparable como parecía en los decenio de 1930 y 1940, ¿no debemos preguntarnos qué importancia tiene dar testimonio? ¿Por qué reunir testimonio si persiste el genocidio?

Al final de su entrevista, George Papanek, superviviente del Holocausto, mira fijamente a la cámara e insta a la humanidad a unirse, a pesar de los riesgos, a fin de generar el impulso necesario para actuar juntos para detener el genocidio. Como dije, es un gran logro de nuestra especie que pueda escucharse, y que se escuche, un testimonio como el de George en los altos foros del poder. En foros como estos, los supervivientes nos dicen que el genocidio se prepara, y que una vez que se instala la maquinaria de la muerte, las intervenciones a veces tienen éxito, pero en la mayoría de los casos fracasan. Nos piden que aprendamos a anticipar las señales de alerta y los indicadores que permiten predecir el genocidio, e insisten en que no es necesario que se destapen fosas comunes antes de actuar. Nos piden que aprendamos de lo que ellos sufrieron.

El desafío que plantea el genocidio consiste en hacer frente, simultáneamente, a una totalidad literalmente inimaginable. Las cifras nos dejan aturdidos. Superan la capacidad humana para hallarle sentido al mundo.

He aquí una forma de comprender cuán incomprensible es el genocidio. Si una persona quisiera presenciar cada uno de los casi 52.000 testimonios de supervivientes del Holocausto que componen la colección de la Shoah, esa persona tendría que presenciar testimonios las veinticuatro horas del día por espacio de casi 15 años para ver el Archivo de Historia Visual en su totalidad. Y, debemos recordar, ese Archivo representa menos del uno por ciento de las víctimas judías del Holocausto, menos de la mitad del uno por ciento de la cifra total de víctimas del Holocausto.

Los neurocientíficos afirman que el cuerpo humano está estructurado para percibir la realidad concreta de pequeñas aldeas; en el mejor de los casos, unos pocos miles de personas. Cientos de miles o millones de personas son cifras que superan nuestra capacidad de comprensión. Por lo tanto, cuando se encara la realidad del genocidio, se encaran asesinatos de tal magnitud que la abstracción resulta inevitable, y con la abstracción, me temo, disminuye la compasión, disminuye quizá nuestra imaginación moral. ¿Cómo es posible que asimilemos un mal tan enorme y luego tracemos planes de acción?

La respuesta es sencilla: ¿cómo es posible no hacerlo? El anonadamiento que sentimos de cara al genocidio puede ser paralizante. Debemos rechazar la parálisis. El genocidio es un mal, pero creo que el mal mayor es que las personas que no han sufrido esos horrores se permitan caer en la desesperanza. El mal triunfa si los que pueden actuar se dejan vencer por la desesperanza. El genocidio nos presenta una imagen tan pavorosa que podría ser dañina siquiera mirar. Pero sabemos que debemos mirar. Y cuando la persistencia del genocidio nos hace preguntarnos qué sentido tiene reunir testimonios y recordar, respondemos: porque somos seres humanos y sabemos que la justicia vive en la memoria. Sabemos que la memoria reprimida, el olvido autoimpuesto, es quizá el mayor peligro que enfrentamos como especie. Por habernos librado, sabemos que la desesperanza es una opción, como lo es también la acción de recordar; pero si queremos seguir siendo seres humanos en el sentido pleno de la palabra, no queda otra alternativa que enfrentar y recordar el pasado, aprender y actuar de acuerdo con lo que hemos aprendido.

No existen testigos presenciales de la historia. La historia no fluye a nuestro alrededor ni nos pasa de lado. Fluye a través nuestro, o mejor dicho, somos el flujo de la historia. Cada vida humana es histórica, cada persona está compuesta de historia. La historia es simplemente otra manera de decir vida humana.

Cuando el testimonio y el testigo sirven de base a las políticas; cuando la verdad, y no estrechos intereses nacionales o locales, sirve de fundamento a la acción, hay sobrados motivos para albergar la esperanza de poder resolver lo que parecen ser problemas sin solución. Es por ello que la amplia perspectiva de las Naciones Unidas reviste una importancia tan decisiva.

Esta institución, en la que se han depositado muchas de las esperanzas del mundo, existe pese a dificultades incalculables. Y el hecho mismo de que existan las Naciones Unidas, y de que hayan perdurado y ampliado su misión, es una prueba contra la desesperanza. El hecho de que las Naciones Unidas se dediquen a rendir testimonio y sumen su autoridad al testimonio de otros, es un argumento irrefutable en favor de iniciativas para recordar el pasado, para aprender y para inspirarse en nombre de la acción urgente.

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La serie de documentos de debate brinda un foro en el que académicos especializados en el holocausto y la prevención del genocidio generan temas de debate y estudio sobre estas cuestiones. Se les solicitó a estos autores, que provienen de una variedad de culturas y formaciones, elaborar documentos de debate basados en sus propias perspectivas y experiencias en particular. Los puntos de vista expresados por estos autores no necesariamente reflejan la posición de las Naciones Unidas respecto de estos temas.


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