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El Holocausto y la colección de documentos de debate de las Naciones Unidas

Mi itinerario como sobreviviente del Holocausto en la niñez

Por Robert Krell, M.D., Profesor Emérito de Psiquiatría en la Universidad de British Columbia (Canadá)

Adaptado de su discurso de presentación en el Día Internacional de las Naciones Unidas de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto, 27 de enero de 2012

Yo nací en La Haya, Países Bajos, el 5 de agosto de 1940. Durante el Holocausto, después de estar oculto durante casi tres años volví a vivir con mi padre y mi madre, quienes también habían sobrevivido milagrosamente. Oí los relatos de otros sobrevivientes que habían regresado, nos visitaron y narraron historias de implacables horrores. ¿Qué podría posiblemente decir un niño o una niña acerca de sus propias experiencias, de la pérdida de su infancia o su adolescencia, de sus privaciones y temores, de la separación de sus familias? Permanecimos en silencio, tan silenciosos como cuando estábamos escondidos.

El 19 de agosto de 1942 recibimos la orden de presentarnos para nuestro «reasentamiento hacia el Este». Mis padres, Leo y Emmy Krell, tenían presente que de sus amigos que habían obedecido al recibir esa orden, ninguno había regresado. Huimos de nuestra casa, sin llevar nada con nosotros, ni siquiera un álbum de fotos, especialmente ningún álbum de fotos. Yo fui a vivir con una familia que había sido vecina nuestra y, gracias a una serie de milagros, llegué finalmente al hogar de Albert y Violette Munnik y su hija de 12 años, Nora.

Durante casi tres años, ellos arriesgaron sus vidas simplemente porque «eso era lo que debían hacer». En el hogar de los Munniks, mis recuerdos comienzan cuando yo tenía dos años y medio. Me apoyaba en mi padre, sentado en una silla, aprendiendo a llamarlo Tío, como si fuera un amigo cercano de la familia. Tenía que tener cuidado y nunca referirme a él como mi padre.

Mientras viví en el hogar de los Munniks, se me advirtió que no debía acercarme a la ventana que abría a la calle. Yo era un niñito con una mata de cabello de color castaño oscuro en un océano de gente rubia. Rápidamente anidó en mí la noción de peligro y temor, especialmente un día en que Nora me sacó a pasear en un cochecito. Eso era tan desusado que lo recuerdo vívidamente. Llegamos hasta un viaducto parcialmente inundado. Un soldado alemán acudió para ayudar a cargar el cochecito. Yo me había cubierto la cabeza con la manta. En ese momento, tal vez yo tenía tres años de edad.

Muchos años después, le pregunté a Nora adónde nos dirigíamos. Inicialmente, ella trató de invalidar mi recuerdo; pero yo no cedí. A la larga, ella tuvo que admitir que íbamos a visitar a mi madre. Le pregunté si habíamos llegado a ver a mi madre, porque yo no podía recordar. Respondió que llegamos hasta el lugar, pero lamentablemente ese día la Gestapo había ido a registrar ese pequeño departamento. Nosotros nos escondimos debajo de la cama y mi madre logró que se marcharan.

Nora tenía buenas razones para borrar ese recuerdo, debido a que nos había puesto a todos en peligro. Salvo por ese error, ella fue siempre una maravillosa hermana mayor que ocultó mi existencia frente a sus compañeros en la escuela y siempre regresaba temprano de la escuela para enseñarme a leer y escribir. Y yo era un excelente hermanito menor: callado, cooperador y obediente. Nunca me quejaba, ni de dolores ni de enfermedades. Y nunca lloré, nunca; hasta que llegó la liberación.

Tras el fin de la guerra, me resistí a marcharme del hogar de los Munnik y regresar con mis padres. Los tres habíamos sobrevivido. Casi todos los demás miembros de mi familia habían sido asesinados, entre ellos los padres y madres de mi madre y mi padre, todas mis tías y todos mis tíos. El hijo de mi tía Mania había sobrevivido oculto, igual que yo. Pero mi tía Mania había sido asesinada en Sobibor y su esposo, en Auschwitz, de modo que mi primo había quedado huérfano y se quedó a vivir con la familia que lo había rescatado. La liberación no fue particularmente liberadora para los niños judíos. Surgió un nuevo conjunto de dificultades: cómo sobrevivir después de haber sobrevivido.

En ese momento en 1945, era muy poco lo que sabíamos. Pero las noticias llegaron rápidamente. Más de un 80% de los 140.000 judíos holandeses habían sido asesinados. De los deportados que habían trasbordado en Westerbork con destino a Auschwitz y Sobibor, sólo unos 5.000 regresaron.

Yo todavía no sabía que era judío. En verdad, mi primera escuela en la posguerra fue un jardín de infantes católico donde yo era el alumno favorito de la Madre Superiora, o tal vez, el converso con mejores perspectivas. Me enteré de que yo era judío al oír los relatos de los sobrevivientes reunidos en nuestro hogar. Hablaban en yiddish acerca de Auschwitz y otros lugares misteriosos. Sus relatos eran traducidos fielmente por mi prima segunda Milly, repatriada desde Suiza, adonde había escapado su familia. Al oír esos relatos, que ningún niño debería oír jamás, escuchábamos incluso más atentamente. Nuestras experiencias nos habían impulsado a crecer demasiado rápidamente, con demasiada seriedad. Nos habíamos transformado en niños ancianos.

Aparentemente, había niños dispuestos a hablar. Algunos trataron de hacerse oír; no obstante, a pocos de ellos se les preguntó: «¿cómo lo pasaron? ¿qué vieron? ¿qué les sucedió? ¿cómo se sintieron?». Los adultos suponían que los niños eran afortunados. Afortunados por no tener recuerdos. Afortunados por no haber sufrido, a menos que hubieran estado internados en campos de concentración. Afortunados por no haber comprendido lo que estaba ocurriendo. Esas suposiciones, en su mayoría, resultaron erróneas.

Los profesionales de la salud mental que trabajaban antes de la guerra y que se habían preocupado por incluso un único trauma psíquico experimentado en la infancia, estaban ausentes. Los niños judíos, sujetos a series incesantes de traumas durante meses y años, recibieron poca ayuda. Tal vez los problemas de los niños víctimas de brutalidades eran simplemente demasiado abrumadores, incluso para los terapeutas. Permanecimos en silencio. Eso era lo que se esperaba de nosotros.

Por consiguiente, estábamos solos, debatiéndonos frente a fragmentos de recuerdos dolorosos que tenían poco sentido. Nosotros, en nuestra mayoría, pensábamos que estábamos un poco locos y mantuvimos esa creencia, sumada a los demás secretos, en silencio. La realidad de ser objeto de persecuciones dejó en muchos de nosotros un sentimiento de vergüenza. ¿Quiénes, si no los culpables, son perseguidos con tanta saña? Pero no habíamos hecho nada. El pueblo judío fue objeto de un ataque genocida debido a que era judío y el genocidio exige el exterminio de los niños. Los Nazis y sus legiones de entusiastas colaboradores estuvieron a punto de tener éxito. En los países bajo ocupación alemana, un 93% de los niños judíos fueron asesinados.

Mis padres y yo inmigramos al Canadá en 1951. Al llegar, me sentí liberado. Yo iba a tener oportunidad de convertirme en una persona normal. Nosotros, los niños, aprendimos el idioma y también aprendimos a incorporarnos en la sociedad.

No obstante, yo seguía teniendo presentes los asesinatos de niños judíos a través de los ojos de sobrevivientes del Holocausto que eran amigos de mi familia. En nuestra sinagoga, Anshel, un hombre de físico poderoso con anchos hombros se sentaba frente a mí; se volvía para mirarme y acogerme con una gran sonrisa y un firme apretón de manos. Pero durante Yom Kippur, el Día del Perdón, sus hombros temblaban cuando recordaba acongojado los asesinatos de su primera esposa y de dos hijos, que tenían tres y cinco años de edad; y yo lloraba con él. Había otros que también habían perdido a sus hijos. De sus lagrimas, aprendí cómo se llora en silencio, al igual que había aprendido cómo se vive en silencio. El silencio es el lenguaje del niño sobreviviente. A diferencia de los sobrevivientes de más edad y de sus hijos de segunda generación, nosotros mantuvimos nuestro silencio durante cuarenta años.

El punto de inflexión llegó en 1981, en la Primera Reunión Mundial de Sobrevivientes del Holocausto de los Judíos celebrada en Jerusalén. Oí el relato del Rabino Israel Meier Lau, que cuando tenía ocho años era el más joven sobreviviente de Buchenwald. Fue como recibir el golpe de un rayo: cuando él tenía 8 años, yo tenía 5 años y mis primos tenían 6 y 9 años. Éramos todos niños sobrevivientes del Holocausto. Al cabo de un año, colaboré en la fundación del Child Holocaust Survivors’ Group (Grupo de sobrevivientes del Holocausto en la infancia) de Los Ángeles, organicé un grupo de psiquiatras y psicólogos especializados en niños sobrevivientes para que hablaran durante la reunión de la American Psychiatric Association (Asociación Estadounidense de Psiquiatría), y presté servicios en el Comité Asesor de la First International Gathering of Child Survivors (Primera Reunión Internacional de Sobrevivientes en la Infancia), celebrada en Nueva York en 1991. Participaron unas 1.600 personas que, en su mayoría, habían sobrevivido en la infancia escondidos, y también una cantidad más pequeña de sobrevivientes en la infancia de campos de concentración.

Nosotros, los sobrevivientes en la infancia, habíamos encontrado nuestra voz y nos habíamos encontrado los unos a los otros. Éramos los únicos que realmente comprendíamos los efectos de esos terribles años. Estábamos perseguidos por nuestros recuerdos; no eran recuerdos gratos de la infancia, sino recuerdos con tinieblas y temor, hambre y frío, y el interminable duelo por la pérdida de la familia y la pérdida de la infancia.

Desde entonces, nos hemos reunidos anualmente bajo los auspicios de la World Federation of Jewish Child Survivors of the Holocaust and their Descendants (Federación Mundial de Judíos Sobrevivientes del Holocausto en la infancia y sus Descendientes). Nos hemos reunido en Los Ángeles y en Toronto, en Praga y en Amsterdam, en Montreal y en Jerusalén, en Houston y en Cracovia.

Juntos, abordamos las cuestiones que nos plagan: el significado de la fe, la lucha por establecer nuestra identidad, la intrusión de recuerdos fragmentarios y las pesadillas. Esas pesadillas, que mencionamos raramente, nunca desaparecen. Las mías hieden a muerte. La muerte acecha de cerca a quienes sobrevivieron. Mi madre descubrió, bien avanzada su vida, que sus padres y su hermanita menor habían estado escondidos dentro de un pozo cavado en el suelo congelado de un bosque de Polonia. Los habitantes polacos locales los descubrieron y los asesinaron con hachas y palas. A partir de ese momento, estuve abrumado por el interrogante de quién murió primero. ¿Vio mi tía Raisel, de 13 años de edad, cómo asesinaban a sus padres, o fueron ellos quienes presenciaron la muerte de su hija? ¿Cómo fue posible que ocurrieran tales hechos? Sigo acosado por la ausencia de los tres.

Durante el Holocausto, hubo casos de niños enterados en vida en pozos. Ellos, junto con sus familias, eran llevados a sinagogas construidas con madera, que eran incendiadas. Otros fueron enterrados en vida. Hubo lactantes asesinados de maneras demasiado brutales para describirlas con palabras, palabras que no puedo pronunciar. Y esto fue hecho por personas inspiradas por enseñanzas impartidas desde púlpitos en las iglesias que ellos frecuentaban.

Como consecuencia, tal vez nosotros, los sobrevivientes, consideramos la muerte de manera diferente. Mi padre nunca visitó un cementerio judío, ni siquiera en ocasión del entierro de sus amigos. Padecía una sobredosis de muerte. Elie Wiesel, autor, Laureado con el Premio Nobel y sobreviviente de Auschwitz y Buchenwald, captó la esencia de la situación cuando se le preguntó acerca de su reajuste a la vida. Dijo: «Después de la guerra, nuestros educadores pensaron que tenían que ayudarnos a ajustarnos a la vida. Nuestro problema era cómo ajustarnos a la muerte. La muerte estaba presente en los acaeceres cotidianos, estábamos habituados a la muerte. Despertábamos entre cadáveres, Después de la guerra, tuvimos que elaborar una nueva relación de respeto, veneración y temor en presencia de la muerte ». ¡Cuán cierto es eso! La muerte había perdido su significado. ¿Cuál es el significado del exterminio de 1,5 millón de niños judíos? ¿Cuál es el significado de los asesinatos de casi un millón de rwandeses en 100 días, a una tasa de unos 10.000 por día? . La insensatez de los asesinatos queda intensificada por la arrogancia de los asesinos.

Como una vez me dijo, en confianza, un sobreviviente participante en mi programa: «Hay algo que debo decirle: en Polonia, en mi aldea, un día llegaron los alemanes; uno de ellos, con una cámara fotográfica ubicó a una niñita para sacarle una foto. Naturalmente, era una niña judía, la hija de un amigo mío. Pero tenía ojos azules y cabellos rubios y ondulados. El soldado la colocó junto a un árbol, le dio una manzana, retrocedió unos pasos, se dio vuelta y le disparó un balazo en la cabeza. La manzana cayó al suelo; él la levantó, la limpió y la comió. Todavía puedo oír el crujido de la manzana entre sus dientes». Es la incensantez de esos asesinatos lo que debe considerarse.

El Excmo. Sr. Richard Sezibera, M.D., ex Embajador de Rwanda en los Estados Unidos, habló ante el Foro de Houston sobre «Los niños y el genocidio», que formaba parte de nuestra reunión anual de sobrevivientes del Holocausto en la infancia, en 2001. Dijo: «La memoria es el tributo mayor y, tal vez, el más significativo, que se puede rendir a las víctimas del genocidio. Quienes cometen actos de genocidio no sólo lo hacen con la intención de eliminar, sino también, de borrar a sus víctimas de la memoria colectiva del mundo». Agregó: «Nosotros hemos sobrevivido, y lo recordamos. Nos hemos curado y nos hemos transformado en agentes de curación. Para personificar esos hechos, yo rindo homenaje a todos los sobrevivientes del Holocausto».

«Yo estoy muy orgulloso de que los sobrevivientes del Holocausto hayan hablado y hayan permanecido fieles al deber de memoria. Hemos luchado para encontrar el significado de lo sucedido y al hacerlo, hemos posibilitado que otros hablen de sus propias tragedias. Nuestra insistencia en preservar la memoria no ha impedido otros genocidios, pero tal vez haya servido como recordatorio para quienes tienen el poder, haciendo más difícil para los asesinos el matar. Resulta claro que debemos recordar aquello que preferiríamos olvidar; pero no podemos olvidar, no está permitido que olvidemos. No debemos participar en la aniquilación de la memoria, que es el objetivo, en última instancia, de los asesinos.

Debemos enseñar y esto confiere una imponente responsabilidad en pro de la veracidad y la verdad. Los maestros no pueden hablar de Anne Frank y de su convicción acerca de la bondad de los seres humanos sin incluir detalles de la manera en que se la traicionó y de su horripilante muerte en Bergen-Belsen. No sabemos lo que hubiera dicho si hubiera sobrevivido. Y debemos procurar la justicia; porque, en los asesinatos genocidas, los perpetradores no sólo han matado y dejado tras de ellos sobrevivientes heridos, sino que también han desgarrado la trama de la sociedad humana.

Debemos recordar nuestra pérdidas. Los niños judíos asesinados han dejado un tremendo vacío. Nunca sabremos lo que podrían haber contribuido a la existencia humana; pero podemos tratar de adivinar. De los mil niños rescatados en Buchenwald el 11 de abril de 1945, 426 fueron llevados a Ecouis, Francia, para recuperarse. Solamente ese pequeño grupo produjo al Rabino Israel Meier Lau, recientemente designado Rabino Superior del Estado de Israel; su hermano, Naftalie Lavie, ex Cónsul israelí en Nueva York; el Rabino Menashe Klein; el físico Kalman Kalikstein; numerosos médicos especialistas en los Estados Unidos y en Francia; directores médicos de hospitales; numerosos maestros y empresarios; y, naturalmente, el Laureado con el Premio Nobel Profesor Elie Wiesel. Pocos entre ellos, tal vez ninguno, se transformaron en una carga en los países donde se asentaron. Ninguno buscó venganza, a menos que la venganza incluya recapturar eficazmente una vida significativa tras haber enfrentado abrumadores riesgos.

Observamos el Día Internacional de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto cada año, para recordarnos lo que es posible cuando el racismo y el prejuicio reinan incontenibles. Al recordar la Shoah, aseguramos que todos quienes deniegan este trágico evento a fin de presentar su propia versión ficticia de los hechos, queden puestos de manifiesto para que todo el mundo los vea. Ya no es posible que un líder fascista con la intención de reincidir en los asesinatos en masa, desvalorice a sus críticos, como lo hizo Hitler, diciendo: «¿Quién recuerda a los armenios?». Hemos escogido mantener la vitalidad de esas experiencias y sueños para nuestros pueblos, así como para nuestros hijos y nuestros nietos. Porque hemos aprendido, sin lugar a dudas, que el odio dirigido contra el pueblo judío nunca se detiene con los judíos. Nosotros servimos de advertencia, nosotros los sobrevivientes en la infancia que hemos llegado a una edad avanzada. Escuchadnos atentamente: Aportamos un mensaje de vastos alcances.

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Temas de debate

  1. Como lo indica el Dr. Krell, ¿qué experimentaron los niños judíos durante el Holocausto? ¿Por qué razón los perpetradores del genocidio hacen blanco en los niños en particular?
  2. El Dr. Krell cita al Profesor Elie Wiesel, quien dijo: «Después de la guerra, nuestros educadores pensaron que tenían que ayudarnos a ajustarnos a la vida. Nuestro problema era cómo ajustarnos a la muerte». ¿Qué dificultades enfrentaron los sobrevivientes del Holocausto en la infancia para reajustarse a la sociedad?
  3. Gran parte del documento de debate está centrado en el poder de la memoria. ¿Por qué es importante la memoria? ¿Cuál es la relación entre memoria y curación? ¿De qué manera es posible preservar mejor la memoria de quienes han vivido a través del genocidio?
  4. El Dr. Krell combina una narración muy personal con estadísticas del Holocausto. ¿Qué logra esa combinación? ¿De qué manera se complementan recíprocamente ambos aspectos del documento de debate?
  5. ¿Qué mensaje aportan a las futuras generaciones los sobrevivientes del Holocausto en la infancia, ahora ya llegados a la adultez? ¿Por qué es importante que los sobrevivientes del Holocausto en la infancia relaten sus historias?

(1) «The Fate of the Jews Across Europe» Disponible en inglés (El destino de los judíos en todos los países de Europa), Yad Vashem.

(2) «The Netherlands» Disponible en inglés (Los Países Bajos), United States Holocaust Memorial Museum Holocaust Encyclopedia.

(3) Según estimaciones del propio autor, basadas en la labor de Deborah Dwork en «Children with a Star» (Niños con una estrella). Según sus estimaciones, 11% de todos los niños judíos vivos en 1939 sobrevivieron tras las guerra, pero esa cantidad incluye niños sacados clandestinamente y llevados fuera de Europa en Kindertransports y también los rescatados antes del 1º de septiembre de 1939.

(4) «Children during the Holocaust» Disponible en inglés (Los niños durante el Holocausto), United States Holocaust Memorial Museum.

(6) Richard Sezibera, «From the Holocaust to Healing the World» (Del Holocausto a la cura del mundo), compilado por Stephen Johnson, Houston Holocaust Museum Disponible en inglés, 2003.

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La serie de documentos de debate brinda un foro en el que académicos especializados en el holocausto y la prevención del genocidio generan temas de debate y estudio sobre estas cuestiones. Se les solicitó a estos autores, que provienen de una variedad de culturas y formaciones, elaborar documentos de debate basados en sus propias perspectivas y experiencias en particular. Los puntos de vista expresados por estos autores no necesariamente reflejan la posición de las Naciones Unidas respecto de estos temas.


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