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Mensaje con motivo de observarse por segunda vez el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto

El Holocausto fue una tragedia única e innegable. Después de transcurridos varios decenios, la matanza sistemática de millones de judíos y de otras personas sigue provocando consternación. La capacidad de los nazis para captar adeptos, a pesar de su total depravación, sigue infundiendo temor. Y, sobre todo, subsiste el dolor: en los sobrevivientes ancianos y en todos nosotros, miembros de la familia humana que presenció la caída en la barbarie.

La recordación constituye un homenaje a quienes perecieron, aunque también cumple una función esencial en nuestros esfuerzos por contener la oleada de crueldad humana. Nos mantiene vigilantes ante nuevos brotes de antisemitismo y otras formas de intolerancia. Es también una respuesta imprescindible ante quienes equivocadamente sostienen que el Holocausto nunca ocurrió o que se lo ha exagerado.

El Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto es, por tanto, el día en que debemos reafirmar nuestra adhesión a los derechos humanos, cuya causa fue mancillada brutalmente en Auschwitz, así como por los genocidios y atrocidades cometidos desde entonces.

Debemos también hacer algo más que recordar y velar por que las nuevas generaciones conozcan esa parte de la historia. Debemos aplicar las lecciones del Holocausto al mundo actual y hacer cuanto podamos para que todos los pueblos gocen de la protección y de los derechos por los cuales luchan las Naciones Unidas.

Reitero en este Día Internacional mi firme adhesión a ese cometido e insto a todos a que se sumen a nuestra búsqueda común de la dignidad humana.