Discurso del Secretario General en la ceremonia
de entrega del Premio Nobel de la Paz
Oslo, 10 de diciembre de 2001


Majestades,
Altezas Reales,
Excelentísimos señores y señoras,
Miembros del Comité Nobel de Noruega,
Señoras y señores,

Hoy, en el Afganistán, habrá nacido una niña. Su madre la llevará en brazos y la alimentará, la consolará y cuidará de ella, como hacen las madres en cualquier lugar del mundo. En estos actos esenciales de su naturaleza, la humanidad no conoce división alguna. Pero hoy día ser una niña recién nacida en el Afganistán significa empezar a vivir a siglos de distancia de la prosperidad que ha conseguido una pequeña parte de la humanidad. Es vivir en condiciones que muchos de los aquí reuni-dos consideraríamos inhumanas.

Digo una niña del Afganistán, pero igualmente habría podido mencionar a un niño o niña de Sierra Leona. Hoy nadie ignora la división existente entre los ricos y los pobres del mundo. Nadie puede decir que no conoce el precio que pagan por esta división los pobres y los desposeídos, que tienen los mismos derechos que cualquiera de nosotros a la dignidad humana, las libertades fundamentales, la seguridad, la alimentación y la educación. Sin embargo, este precio no lo pagan ellos solamente: en último término lo pagamos todos nosotros, el Norte y el Sur, los ricos y los po-bres, los hombres y las mujeres de todas las razas y religiones.

Las fronteras reales de hoy no separan a naciones, sino al poderoso del desvalido, al libre del esclavizado, al privilegiado del humillado. Hoy no hay muros que puedan crear una división entre las crisis humanitarias o de los derechos humanos en una parte del mundo y las crisis de la seguridad nacional en otra.

Los científicos nos dicen que el mundo de la naturaleza es tan pequeño e interdependiente que una mariposa que agite las alas en la selva amazónica puede provocar una violenta tempestad en el otro hemisferio. Este es el llamado "efecto mariposa". Actualmente nos percatamos, quizás más que nunca, de que el mundo de la actividad humana también tiene, para bien o para mal, su propio "efecto mariposa".

Señoras y señores,

Hemos entrado en el tercer milenio cruzando un umbral de fuego. Si hoy día, después del horror del 11 de septiembre, posamos la vista en un horizonte más claro y más lejano, comprenderemos que la humanidad es indivisible. Las nuevas amenazas no distinguen entre razas, naciones o regiones. Todos somos conscientes de una nueva sensación de inseguridad, independiente de la riqueza o la condición social. Todos nosotros, jóvenes y viejos, somos más conscientes de los vínculos que nos unen, en el dolor o en la prosperidad.

En los albores del siglo XXI -siglo que ha perdido violentamente toda esperanza en un progreso inevitable hacia la paz y la prosperidad mundiales- no es posible seguir ignorando esta nueva realidad: hay que hacerle frente.

El siglo XX ha sido quizá el más mortífero de la historia de la humanidad, devastado por innumerables conflictos, sufrimientos indecibles y crímenes inimaginables. Una y otra vez un grupo o una nación ha infligido violencias extremadas a otro, a menudo movido por sentimientos irracionales de odio y suspicacia, o bien por una arrogancia y una sed de poder y recursos sin límites. En respuesta a estos cataclismos, a mediados del siglo los dirigentes del mundo se congregaron para unir a las naciones como nunca lo habían estado antes.

Se creó un foro, las Naciones Unidas, donde los países podían aunar sus esfuerzos para afirmar la dignidad y el valor de toda persona y asegurar la paz y el desarrollo de todos los pueblos. Aquí los Estados pueden coaligarse para reforzar el imperio de la ley, reconocer las necesidades de los pobres y tratar de satisfacerlas, poner coto a la brutalidad y la codicia del ser humano, conservar los recursos y las bellezas de la naturaleza, defender la igualdad de derechos de hombres y mujeres y proveer a la seguridad de las generaciones futuras.

Así pues, del siglo XX hemos heredado los instrumentos políticos, científicos y técnicos que nos darán la posibilidad de vencer la pobreza, la ignorancia y la enfermedad, pero sólo si tenemos la voluntad de utilizarlos.

Yo creo que en el siglo XXI la misión de las Naciones Unidas vendrá definida por una conciencia nueva y más profunda de la santidad y la dignidad de cada vida humana, independientemente de la raza o la religión. Para ello tendremos que proyectarnos más allá del marco de los Estados, por debajo de la superficie de las naciones o las comunidades. Hemos de concentrarnos más que nunca en mejorar la situación de los hombres y las mujeres, cada uno de los cuales confiere al Estado o a la nación su riqueza y sus características. Hemos de empezar por la niña afgana y darnos cuenta de que salvar su vida es también salvar a la humanidad.

En los cinco últimos años he recordado a menudo que la Carta de las Naciones Unidas empieza con las palabras "Nosotros los pueblos". Lo que no siempre se reconoce es que "nosotros los pueblos" estamos compuestos de personas cuyo título a los derechos más fundamentales se ha sacrificado muchas veces en aras de supuestos intereses del Estado o de la nación.

Los genocidios empiezan dando muerte a un hombre, no por lo que ha hecho sino por lo que es. Las campañas de "limpieza étnica" empiezan con el enfrentamiento entre vecinos. La pobreza comienza cuando se niega a un solo niño o niña su derecho fundamental a la educación. Se empieza dejando de defender la dignidad de una sola vida, y con frecuencia se termina con una catástrofe que asola a enteras naciones.

En este nuevo siglo, hemos de comprender ante todo que la paz no pertenece solamente a los Estados o a los pueblos, sino a todos y cada uno de los miembros de estas comunidades. Ya no es posible aducir la soberanía de los Estados como pretexto para cometer graves violaciones de los derechos humanos. Hay que hacer que la paz sea un hecho real y tangible en la existencia cotidiana de cada persona necesitada. Hay que buscar la paz, sobre todo, porque es la condición necesaria para que cada miembro de la familia humana pueda vivir una vida digna y segura

Los derechos del individuo no son menos importantes para los inmigrantes y las minorías de Europa y América que para las mujeres del Afganistán o los niños de África. Son tan fundamentales para los pobres como para los ricos. Son tan necesa-rios para la seguridad del mundo desarrollado como para la del mundo en desarrollo.

De esta visión del papel de las Naciones Unidas en el próximo siglo se desprenden tres prioridades esenciales para el futuro: eliminar la pobreza, prevenir los conflictos y promover la democracia. Sólo en un mundo liberado de la pobreza podrán los hombres y las mujeres realizar al máximo su potencial. Sólo cuando se respeten los derechos individuales podrán encauzarse políticamente las diferencias, y resolverse pacíficamente. Sólo en un entorno democrático, asentado en el respeto de la diversidad y el diálogo, podrá garantizarse el derecho del individuo a la propia expresión y al autogobierno, y defenderse la libertad de asociación.

A lo largo de mi mandato como Secretario General he tratado de colocar al ser humano en el centro de todo lo que hacemos, desde la prevención de los conflictos hasta los derechos humanos y el desarrollo. Conseguir una mejora real y duradera de las vidas de hombres y mujeres es la suma y compendio de todas nuestras actividades en las Naciones Unidas.

Es con este espíritu que acepto humildemente el Premio Nobel de la Paz del Centenario. Hoy hace 40 años, en 1961, se concedió por primera vez este premio a un Secretario General de las Naciones Unidas, a título póstumo, puesto que Dag Hammarskjöld ya había dado su vida por la paz en el África central. Y en un día como éste también, en 1960, se concedió este premio por primera vez a un africano, Albert Luthuli, uno de los primeros líderes de la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. Para mí, joven africano que iba a empezar su carrera en las Naciones Unidas unos meses después, estos dos hombres fueron un ejemplo que he tratado de emular toda mi vida.

Este premio no me pertenece en exclusiva. Hoy, con ustedes, no estoy yo solo. En nombre de mis colegas de todas las dependencias de las Naciones Unidas, en todos los rincones del mundo, que han consagrado su vida a la causa de la paz, y muchas veces la han arriesgado o la han perdido, doy las gracias a los miembros del Comité Nobel por tan señalado honor. Mi propia vida de servicio a las Naciones Unidas fue posible por el sacrificio y la dedicación de mi familia y de muchos amigos de todos los continentes -algunos de los cuales ya no están entre nosotros- que fueron mis maestros y mis guías. A ellos quiero expresar aquí mi más profunda gratitud.

En un mundo en el que abundan las armas de guerra, y con frecuencia las palabras de guerra también, el Comité Nobel se ha convertido en un instrumento vital para la paz. Tristemente, un premio a la paz es un acontecimiento poco frecuente en este mundo. La mayoría de las naciones han alzado monumentos a la guerra, conmemoraciones en bronce de heroicas batallas, arcos de triunfo. Pero para la paz no hay desfiles, no hay panteones de vencedores.

Lo que sí hay es un Premio Nobel, una afirmación de esperanza y valentía, de resonancia y autoridad únicas. Sólo entendiendo las necesidades de paz, dignidad y seguridad de las personas, y tratando de satisfacerlas, podremos esperar, nosotros los de las Naciones Unidas, estar a la altura del honor que se nos hace hoy y cumplir la visión de nuestros padres fundadores. Esta es la vasta misión de paz que llevan a cabo cada día los funcionarios de las Naciones Unidas en todo el mundo.

Unos pocos de ellos, mujeres y hombres, nos acompañan hoy aquí. Por ejemplo, está entre nosotros un Observador Militar del Senegal que contribuye a preservar la seguridad básica en la República Democrática del Congo; un Asesor de Policía Civil de los Estados Unidos, que ayuda a promover el imperio de la ley en Kosovo; un Oficial de Protección de la Infancia del UNICEF, del Ecuador, que contribuye a garantizar los derechos de los ciudadanos más vulnerables de Colombia, y un Oficial del Programa Mundial de Alimentos, de China, que ayuda a alimentar a la población de Corea del Norte.

Distinguidos invitados,

La idea de que un solo pueblo está en posesión de la verdad, de que hay una sola respuesta a los males del mundo, o una sola solución a las necesidades de la humanidad, ha causado daños sin fin a lo largo de la historia, y especialmente en el pasado siglo. Sin embargo en el día de hoy, incluso con los persistentes conflictos étnicos que se registran en todo el mundo, existe una comprensión creciente del hecho de que la diversidad humana es tanto una realidad que hace necesario el diálogo, como el fundamento mismo de este diálogo.

Hoy entendemos más que nunca, que cada uno de nosotros es plenamente merecedor del respeto y la dignidad que son esenciales para nuestra común humanidad. Reconocemos que somos el producto de muchas culturas, tradiciones y memorias; que la tolerancia nos permite estudiar otras culturas y aprender de ellas, y que la mezcla de lo ajeno con lo familiar nos da fuerzas renovadas.

En todas las grandes creencias y tradiciones encontramos los valores de la tolerancia y la comprensión mutua. Por ejemplo, en palabras del Corán, "Nos os hemos creado a partir de un varón y una hembra: os hemos constituido formando pueblos y tribus para que os conozcáis". Confucio exhortaba así a sus seguidores: "Cuando el Estado va por el buen camino, hablad audazmente y actuad audazmente. Cuando el Estado ha perdido el camino, actuad audazmente y hablad quedamente". En la tradición judía, el precepto de "ama a tu prójimo como a tí mismo" se considera la esencia misma de la Tora.

Este pensamiento se recoge también en los Evangelios, que nos enseñan a amar a nuestros enemigos y a rogar por nuestros perseguidores. Los hindúes aprenden que "la verdad es una sola, y el sabio le da muchos nombres". Y la tradición budista exhorta al individuo a actuar con compasión en cada circunstancia de la vida.

Cada uno de nosotros tiene derecho a enorgullecerse de sus creencias o de sus orígenes. Pero la idea de que lo nuestro está necesariamente en conflicto con lo de los demás es a la vez falsa y peligrosa. Esta idea ha dado lugar a interminables enfrentamientos y conflictos, y ha incitado a los hombres a cometer los crímenes más aborrecibles en nombre de una autoridad superior.

Esto no ha de ser así necesariamente. En casi todos los lugares del mundo conviven personas de diferentes religiones y culturas, y la mayoría de nosotros poseemos identidades coincidentes con las de grupos muy distintos. Nosotros podemos amar lo que somos sin odiar lo que no somos, o a quienes no somos. Podemos enriquecernos con nuestra tradición al tiempo que aprendemos de otros y llegamos a respetar sus enseñanzas.

Con todo, esto no sería posible sin las libertades de religión, expresión o asociación, ni sin la igualdad básica ante la ley. En efecto, la lección que nos da el pasado siglo es que cuando la dignidad del individuo se ha visto hollada o amenazada -cuando los ciudadanos no han gozado del derecho básico a elegir su gobierno, o a cambiarlo periódicamente- las más de las veces se ha producido un conflicto cuyo precio lo han pagado los civiles inocentes, con pérdida de vidas y destrucción de comunidades.

Los obstáculos que se oponen a la democracia tienen poco que ver con la cultura o la religión, y mucho más con el deseo de los que detentan el poder de preservarlo a toda costa. No se trata de un fenómeno nuevo, ni circunscrito a un lugar determinado. Personas de todas las culturas aprecian su libertad de elección, y sienten la necesidad de intervenir en las decisiones que afectan a sus vidas.

Las Naciones Unidas, que están compuestas de casi todos los Estados del mundo, tienen su fundamento en el principio del valor igual de todos los seres humanos. Es lo más próximo que tenemos a una institución representativa que pueda ocuparse de los intereses de todos los Estados y pueblos. Mediante este instrumento universal e indispensable del progreso humano, los Estados pueden atender a las necesidades de sus ciudadanos reconociendo intereses comunes y concertándose para satisfacerlos. No cabe duda de que esta es la razón de que el Comité Nobel haya dicho que "deseaba, en este año del centenario, proclamar que la única vía negociable hacia la paz y la cooperación mundiales pasa por las Naciones Unidas".

Yo creo que el Comité ha reconocido también que en esta época caracterizada por los desafíos a escala mundial, la cooperación global es la única opción posible. Los Estados que socavan el imperio de la ley y violan los derechos de sus ciudadanos se convierten en una amenaza no sólo para sus propias poblaciones sino también para sus vecinos, e incluso para el mundo entero. Lo que necesitamos hoy son gobiernos mejores, gobiernos legítimos y democráticos que dejen florecer a cada individuo y permitan progresar a cada Estado por medio de la cooperación.

Majestades,
Excelentísimos señores y señoras,
Señoras y señores,

Como recordarán ustedes, empecé mi intervención hablando de una niña nacida hoy en el Afganistán. Aunque la madre de esta niña hará todo lo que pueda por protegerla y sustentarla, hay una probabilidad contra cuatro de que no llegue a cumplir 5 años. Lo que le ocurra a esta niña será solamente una prueba de nuestra humanidad común, de que creemos en nuestra responsabilidad individual hacia nuestros semejantes. Pero es la única prueba válida.

Recuerden ustedes a esta niña y nuestros objetivos más vastos -combatir la pobreza, prevenir los conflictos o curar la enfermedad- no parecerán distantes ni imposibles. Es más, parecerán muy próximos y muy asequibles, y es así como debe ser. Porque debajo de la superficie de los Estados y las naciones, las ideas y los idiomas, está el destino de los seres humanos necesitados. Atender a sus necesidades será la misión de las Naciones Unidas en el siglo que comienza.

Muchas gracias.