Welcome to the United Nations. It's your world.
 

Video Conference with the United States
Holocaust Memorial Museum
and UNICs in Latin America

Testimony of Ms. Margit Morawetz Meissner, Holocaust Survivor

(Spanish Version)

 

¡Buenos días a mis oyentes latinoamericanos! Qué gusto poder charlar con jóvenes de siete países latinoamericanos a la vez, ¡qué milagro de la tecnología! Les voy a contar algo sobre mi vida y espero luego poder responder las preguntas que me quieran hacer.


Nací en 1922, para evitar la aritmética, tengo 88 años. Nací en Austria, un país de habla alemana en Europa central. Mis padres se mudaron a Praga, capital de Checoslovaquia, cuando yo era una bebé; Allá me eduqué en un ambiente bilingüe, checo y alemán. Yo era la más joven de cuatro hermanos y mis tres hermanos mayores me trataban como si fuera una muñeca, no me gustaba nada, no quería ser la más joven, ni quería ser niña. Afortunadamente, ese problema ya no lo tengo, ahora casi siempre soy la más anciana y soy una mujer.


Mi familia tenía una posición económica acomoda  así que yo tuve una niñez muy privilegiada, mi único deber era estudiar. Mi mamá quiso que sus hijos aprendieran francés, inglés, alemán y checo a la edad de 16, así que tuvimos enseñanza privada en estos idiomas. También tomaba lecciones de piano, gimnasia, tenis, natación, patinaje, equitación, incluso en horticultura. Asistíamos al colegio seis días de la semana desde las ocho hasta la una, así que no me sobraba mucho tiempo para otros intereses. Los domingos íbamos a pasear con nuestros padres, así que sólo el sábado en la tarde me podía reunir con mis amigas.


A mis hermanos no les gustó este régimen, pero yo era una niña dócil y no sabía que mi manera de vivir era excepcional. Mis hermanos tenían problemas en el colegio y no es que no fueran inteligentes sino que no querían someterse a este régimen y se negaban a ser estudiosos. Yo era buena alumna pero el colegio no me interesaba mucho, me empecé a interesar en los muchachos pero no tenía mucha suerte, los que me gustaban no se interesaban en mí. A veces, mis hermanos me pedían que les ayudara a estudiar para exámenes, leyendo libros mucho más avanzados que los míos me volví una niña precoz. Esto no le gustaba mucho a mis compañeros de escuela, así que yo no era popular entre mis compañeros pero los maestros sí me querían.


Esta vida se terminó cuando Hitler, el líder antisemita alemán que había perseguido a los judíos alemanes, ocupó Austria en el año de 1938. Muchos judíos se negaban a darse cuenta de la seriedad de la amenaza de Hitler, muchos pensaban que este hombre tan presumido no iba a mantenerse en el  poder. Se equivocaron, pero mi mamá lo tomó muy en serio y trató de mandar a sus hijos lejos de Europa central. El primero en irse fue mi hermano Felix que se encontraba por casualidad en España en el momento que empezó la guerra civil. Casi lo matan. La policía lo detuvo, lo habían confundido y en el último momento cuando ya lo tenían contra la pared para fusilarlo, vino un hombre corriendo gritándoles que él no era el hombre que buscaban. Esta experiencia impactó tanto a mi hermano que decidió migrar a los Estados Unidos. Finalmente al término de la guerra el regresó a radicar en España, así que tengo familia española. Mi hermano mayor primero se fue a la India y después radicó en Australia, así que también tengo familia australiana. Mi tercer hermano era de los que no querían ver el peligro que representaba Hitler y se quedó en Praga hasta el último momento. A mí, mamá me mandó a Francia para que estuviera lejos del peligro, ella había encontró a una familia francesa que me acogió. 
La señora de la casa era maestra de francés, lo estudiaba con ella tres horas al día para aprenderlo a fondo y después hacía mis deberes. Era un régimen pesado pero rindió frutos, aprendí francés sin acento extranjero. Me sentía contenta porque tuve éxito, después me inscribí en un curso de costura y en otro de diseño de moda. En aquél tiempo uno no compraba sus vestidos en tiendas sino que tenía que ir a la costurera para encargarlos. Mi idea detras de esta decisión fue oportuna; como era probable que perdiéramos todo como les pasó a los judíos alemanes y no sabíamos dónde íbamos a estar, era importante que tuviera una profesión con la que pudiera ganarme la vida sin depender del conocimiento de algún idioma. Uno puede coser sin saber el idioma pero no puede ser abogado o médico.


A  los 16 años fui a París sola en un avión no presurizado, que me produjo un dolor horrible en los oídos, ¡no les recomiendo tal viaje! Pero me sentí orgullosa de mi mamá por tener mucha fe en mi independencia mandándome solita  a un país  extranjero. Estuve triste de dejar a un novio que recién había conocido y con quien me llevaba muy bien, mi primer novio, pero pensé que lo vería pronto, jamás pensé que nunca no volvería. Nos escribíamos cartas todos los días, en aquél entonces no había teléfonos, email, ¡ni I-pod! Jamás lo volví a ver, ya que durante la guerra no había posibilidad de comunicarse y después de ésta supe que formó parte de la resistencia y que había sido denunciado y fusilado, ¡qué tristeza!
Mi mamá vino a visitarme justo unos días antes de que, pese a todos los acuerdos internacionales, Hitler ocupara una parte de Checoslovaquia, estuvimos muy desilusionados. Ella volvió a Praga para cerrar su departamento y tratar de mandar unos muebles u otras cosas  a un puerto neutral como Holanda. Antes de poder efectuarlo los Nazis invadieron toda Checoslovaquia. Ella fue capturada.


Yo estaba muy preocupada porque no sabía cómo ella lograría salir. Por suerte, mi hermano, el que no quería creer en el peligro de Hitler, estaba allá y pudo ayudarla. Con maniobras muy peligrosas, él pudo obtener un permiso de salida para ella durante los primeros días de la ocupación. Mamá volvió a Francia con dos maletas chiquitas, era todo lo que ella había podido salvar, es decir perdimos todos nuestros bienes. Yo recibía un ingreso mensual que mamá me mandaba para mi educación y esto paró, así que éramos pobres pero nos las arreglábamos de un modo u otro.
Después de pocos meses empezó la Segunda Guerra, las autoridades francesas nos consideraban enemigos, porque teníamos un pasaporte austriaco nos veían como alemanes. Nos trataron muy mal, nos degradaron y hostigaron. Cuando los alemanes atacaron Francia y Francia no pudo defenderse, los franceses detuvieron a mi mamá y dijeron que iba ser evacuada. Utilizaron este término “evacuación” para esconder el hecho de que la mandaron a un campo de concentración, no dijeron a dónde la llevaron. Muy asustada me quedé yo sola en París, tratando de obtener, de la muy hostil policía, un permiso para poder salir de Paris y no lo pude obtener. La mayoría de nuestros amigos tenían un pasaporte checo y ellos sí habían podido salir de Paris porque los franceses los consideraban aliados. Nosotros en realidad no teníamos amigos austriacos, me sentía completamente perdida no sabía qué hacer ni dónde encontrar ayuda. Los policías franceses me asustaban diciéndome que si me iba de París sin el permiso, me detendrían inmediatamente.


No había trenes ni autobuses, la vida estaba parada. En los días antes de que Francia se rindiera, los habitantes de Paris huyeron al sur para no sufrir la guerra. La ciudad era completamente caótica, en este caos yo decidí huir sin el permiso de la policía y compré una bicicleta, la única que pude encontrar era de hombre, de carreras y con un manubrio especial.  Con esta me lancé en el éxodo al sur sin saber a dónde iba, mi ansiedad era palpable, tenía miedo de viajar sola y de ser encontrada por la policía; estaba segura que cada policía en el camino me estaba buscando y me preocupaba si lo que estaba haciendo era lo correcto. Primero me sentí desafortunada por tener que ir en bicicleta, pero pronto me di cuenta que era una ventaja, podía pasar por orillas cuando la ruta estaba completamente llena de coches que no podían moverse, de esta forma yo avanzaba más rápido. Recorrí unos 30 kilómetros sin ninguna dificultad, no estaba cansada, no tenía hambre, usé toda mi adrenalina. Fue un viaje de muchas consecuencias que no tengo tiempo de detallar.
Mamá y yo nos reencontramos gracias a una serie de circunstancias, con mucha suerte y ¡coincidencias increíbles! Continuamos huyendo, estuvimos en Marsella varios meses tratando de obtener una visa para cualquier país fuera de Europa, pero nadie nos quiso dar asilo. Finalmente, obtuvimos una visa de tránsito para España pero los franceses que no nos querían, tampoco nos dieron la visa de salida sin la cual no podía dejar el país.
En el último día de vigencia de la visa española decidimos cruzar la frontera con España a pie, sin permiso. Era un día de otoño precioso, cruzamos las montanas, lo que hubiera sido una excursión linda en una ocasión normal pero bajo nuestras condiciones, era un camino de peligro y ansiedad. Como cruzamos por un lugar no autorizado, la policía española nos detuvo y nos llevo a la cárcel. Si ustedes se preguntaban en dónde aprendí español; la cárcel en Cataluña fue mi primer encuentro con el idioma castellano. La experiencia en la cárcel fue inolvidable y me cambio mucho, si me queda tiempo, les voy a contaré más sobre la cárcel.
Con ayuda de amigos españoles salimos de la cárcel y pudimos continuar nuestra huída hasta Lisboa en Portugal. Allá pude ganar dinero con la costura que había aprendido en Francia, así que la decisión de aprender costura  había sido una buena decisión.


Después de varios meses de espera, finalmente pudimos migrar a los Estados Unidos, exactamente tres años después de haber dejado Praga. Yo estoy orgullosa de ser estadounidense porque este país me ha brindado oportunidades únicas.


Para darles una idea, trabajé de costurera, tuve una fábrica de trajes para niños, trabajé en Hollywood traduciendo del checo a inglés, estuve en Alemania con el gobierno militar de los Estado Unidos tratando de re-educar niñas nazis para que pudiesen vivir una vida democrática. Y también, trabajé veinte años en la educación de niños discapacitados.
Me casé con un sobreviviente checo y tuvimos dos hijos, Paul que vive en Nueva York y Anne, quien vive cerca de mí en un suburbio de Washington. Mi marido era ingeniero agrónomo, y las Naciones Unidas lo mandaron a Argentina en donde yo finalmente aprendí español. Estuvimos en Buenos Aires durante tres años y yo era maestra en el Colegio Lincoln, el colegio americano donde también estudiaron los niños, así que toda la familia habla español.


Cuando mi marido falleció, los niños me obligaron a escribir un libro sobre mi vida para que ellos supieran cómo es que ellos son americanos si tienen un padre checo y una madre austriaca. Escribiendo el libro, tuve que acordarme de los años de huída y cuando lo terminé, me pareció que lo mejor que podría hacer era trabajar de voluntaria y de guía en el museo del Holocausto. Así es cómo ustedes me oyen hoy, trabajo aquí porque me parece importantísimo que el mundo no se olvide de los crímenes terribles del Holocausto. Desafortunadamente, el mundo no ha aprendido las lecciones del Holocausto, lo que pasó en Rwanda, Bosnia y en Sudán son todos crímenes con base en prejuicios e injustos. Tenemos que tomarlo en cuenta, a lo mejor nosotros no podemos cambiar la política del mundo pero sí podemos estar conscientes. Si en nuestro ambiente o en nuestros colegios vemos injusticias como chicos que son hostigados, no podemos quedarnos como espectadores, sino que tenemos que tratar de ayudar. Yo creo que esta es la lección principal del Holocausto.


Ahora he hablado bastante y dejo tiempo para responder a las preguntas que me quieran hacer. Muchas gracias.